NADIA BELLER Y LA VIDA QUE EL SECRETO YA NO PUDO ESCONDER, LA HISTORIA QUE COMENZÓ ANTES DE LOS DISPAROS

Tal vez la historia de Nadia Beller no debería mirarse únicamente desde la política, el poder, el escándalo o la violencia. Hay otra dimensión que resulta imposible ignorar: dentro de la mujer que recibió los disparos existe una vida de apenas unas semanas. Una vida que no eligió el vínculo que le dio origen, ni los secretos que pudieron rodearlo, ni los conflictos de los adultos que la antecedieron.

Desde la mirada sistémica de Bert Hellinger, ese niño ya pertenece. No importa si sus padres están juntos o separados, si su relación fue pública o clandestina, si alrededor de su concepción hubo amor, engaño, poder o conflicto. El hijo no hereda la responsabilidad moral de las decisiones de sus padres.

Y quizá ahí exista una de las preguntas más incómodas que este caso nos deja: 

¿qué ocurre cuando los adultos se empeñan tanto en decidir quién tiene derecho a ocupar un lugar que olvidan que la vida ya decidió quién pertenece?

Nadia sobrevivió a los disparos. Pero, alrededor de ella existe ahora algo que trasciende la disputa entre dos adultos: un hijo que, si nace, tendrá que construir su propia historia con una historia que no eligió, la de sus progenitores y la de todo su sistema familiar. 

Por eso, quizá el verdadero desafío sistémico no sea descubrir quién tiene razón dentro de la pareja, sino impedir que el conflicto de los adultos se convierta en el destino de un niño.

Porque una pareja puede romperse. Un secreto puede revelarse. Una verdad puede tardar años en salir a la luz. Un hijo nunca debería tener que pagar la factura emocional de aquello que sus padres no supieron ordenar.

INICIEMOS

Hay historias que llegan a las noticias cargadas de nombres, cargos, denuncias, armas y poder. Y hay otras que, debajo de todo eso, esconden una pregunta mucho más humana.

La historia de Nadia Beller parece pertenecer a las primeras. Una mujer baleada. Un hombre detenido. Una relación sentimental atravesada por acusaciones. Una investigación judicial que apenas comienza.

Pero, hay un dato que cambia la forma de mirar todo lo ocurrido. Nadia está embarazada.

El informe médico difundido tras el ataque confirmó una gestación inicial de aproximadamente cuatro a seis semanas. Es decir, mientras las cámaras, los investigadores y las redes sociales comenzaban a reconstruir lo sucedido, dentro de ella existe una vida que todavía no sabe nada de nombres, amantes, matrimonios, poder o violencia.

Y quizá sea justamente esa vida la que obliga a mirar esta historia desde otro lugar. No desde el morbo. No desde la pregunta fácil de quién fue "la otra". No desde la condena anticipada. Sino desde una pregunta incómoda:

¿Qué ocurre cuando los adultos se enfrentan por ocupar un lugar y, en medio de esa disputa, aparece alguien que ya pertenece?

LA HISTORIA QUE COMENZÓ ANTES DE LOS DISPAROS

Para entender la dimensión sistémica de este caso hay que retroceder un poco, porque los disparos no son el comienzo de esta historia.

De acuerdo a declaraciones de Beller difundidas por medios, ella habría mantenido una relación con Fernando Cerimedo, quien tenía una relación matrimonial previa. Beller también ha denunciado episodios de violencia y sostiene que él habría intentado silenciarla. La defensa de Cerimedo rechaza esas acusaciones y sostiene una versión completamente diferente de los hechos. La investigación tendrá que determinar qué ocurrió realmente.

Pero hay algo que ya podemos observar sin necesidad de conocer todavía toda la verdad judicial:

EXISTIA UN SISTEMA DE RELACIONES SUPERPUESTAS

Una pareja. Un matrimonio. Una relación paralela. Promesas. Secretos. Poder y ahora, un embarazo.

Desde las constelaciones familiares desarrolladas por Bert Hellinger, esto resulta significativo porque uno de los principios centrales es el de pertenencia.

En términos sencillos: quien pertenece al sistema tiene derecho a ocupar un lugar.

Y un hijo pertenece. Siempre.

No importa cómo fue concebido, no importa si sus padres estaban casados, no importa si estaban separados, no importa si su llegada fue esperada o inesperada, no importa si nació de una relación celebrada por todos o de una relación que alguien quería mantener en secreto.

El hijo no tiene que ganarse el derecho a existir.

Y ENTONCES APARECE EL TERCERO

Hasta antes del embarazo, podríamos imaginar esta historia como un conflicto entre adultos: Nadia, Cerimedo y la esposa.Tres posiciones distintas dentro de una trama afectiva, pero un embarazo modifica completamente el mapa.

Aparece un tercero que no participa de la disputa, pero que queda inevitablemente dentro de ella y aquí ocurre algo fascinante desde la mirada sistémica. Los adultos pueden decir: "Nosotros terminamos.", "nosotros nunca estuvimos juntos.", "esto fue un error.", "esto nunca debió ocurrir.", "yo no quiero formar parte de esa historia." Pero el hijo no puede decir: "Yo no pertenezco." Porque ya pertenece.

Si la paternidad atribuida por Beller se confirma, existe un vínculo que ninguna ruptura sentimental puede borrar: padre, madre e hijo. La pareja puede terminar, sin embrago la paternidad no.

EL SECRETO TIENE UN LÍMITE

Quizás uno de los elementos más interesantes de esta historia sea precisamente el secreto, porque una relación puede mantenerse escondida, una llamada puede borrarse, un encuentro puede negarse, una fotografía puede desaparecer, sin embargo hay algo que hace imposible que un secreto permanezca intacto: la vida.

El embarazo convierte en visible aquello que quizá durante mucho tiempo pudo permanecer oculto y aquí el bebé adquiere, desde una lectura simbólica, una fuerza extraordinaria. No porque haya llegado para "salvar" a nadie, no porque tenga la misión de unir a sus padres, no porque sea responsable de reparar una relación rota. Sino precisamente porque no tiene ninguna responsabilidad sobre el conflicto de los adultos.

El hijo no llega a ordenar a sus padres. Los padres deberían ordenar aquello que les corresponde para no cargar al hijo con su historia.

CUANDO "LA OTRA" DEJA DE SER SOLAMENTE "LA OTRA"

Hay algo más que me incomoda de la manera en que socialmente solemos contar estas historias. Cuando existe un triángulo amoroso, rápidamente repartimos papeles: la esposa, el hombre, la amante. Y creemos que con esas tres palabras ya entendimos todo, pero las personas no caben tan fácilmente en las etiquetas.

Nadia puede haber sido pareja de un hombre casado, eso es un hecho que forma parte de la historia y merece ser analizado. Pero Nadia también es una mujer, una hija, una persona con una historia propia y, ahora, según el reporte médico, una futura madre, si la paternidad se confirma, el hombre que ocupa el centro de esta historia no sería solamente el hombre de una relación sentimental. También sería el padre de ese niño y eso cambia radicalmente la conversación. Porque cuando aparece un hijo, las categorías de "amante" y "esposa" empiezan a quedarse pequeñas para explicar el sistema.

EL PROBLEMA COMIENZA CUANDO LOS ADULTOS QUIEREN DECIDIR QUIÉN PERTENECE

Aquí las constelaciones familiares ofrecen una mirada poderosa. Supongamos que alguien intenta negar una relación, supongamos que alguien intenta ocultar a una persona, supongamos que alguien pretende que una parte de la historia nunca existió. El problema es que la exclusión no necesariamente elimina la pertenencia. 

Aquello que ocurrió sigue formando parte del sistema y si existe un hijo, esto se vuelve todavía más evidente porque el niño no debería cargar con frases como:

"Tú llegaste por culpa de..."

"Tú destruiste una familia."

"Tú eres producto de un engaño."

"Tú eres el resultado de una relación prohibida."

No. El niño no hizo nada.

El conflicto pertenece a los adultos.

Y ENTONCES PIENSO EN LA NOCHE DEL ATAQUE

Aquí es donde la historia deja de ser solamente una teoría. Una mujer recibió varios disparos, sobrevivió y después se supo que estaba embarazada. No sabemos todavía todo lo que ocurrió, no sabemos qué motivó exactamente el ataque, no sabemos quiénes participaron ni cuál será el resultado final de la investigación y precisamente por eso debemos tener cuidado con las conclusiones. Sin embrago hay una cosa que sí podemos decir:

La violencia contra una mujer embarazada tiene una dimensión que trasciende a la propia mujer.

Porque existe otra vida dependiendo de ella una vida completamente ajena a las decisiones, secretos, negocios, relaciones y disputas de los adultos y quizás ahí reside la parte más perturbadora de esta historia:

Mientras los adultos disputan poder, reconocimiento y control, el bebé simplemente está creciendo, sin saber que su existencia está en medio de una historia que nunca eligió.

¿QUÉ SUCEDE CUANDO EL AMOR SE CONVIERTE EN PODER?

Porque las relaciones no se destruyen únicamente cuando dejan de amarse. A veces se destruyen cuando uno de los dos deja de reconocer al otro como un igual, cuando aparece el control, cuando aparece el miedo, cuando una persona siente que tiene derecho sobre la vida, las decisiones o la libertad de la otra.

Y si las acusaciones de violencia formuladas por Beller fueran confirmadas, entonces estaríamos frente a algo todavía más profundo que una crisis de pareja. Estaríamos frente a la transformación del vínculo afectivo en una relación de poder y ahí las constelaciones nos invitan a  preguntarnos:

¿En qué momento dejamos de mirar al otro como persona y comenzamos a verlo como algo que podemos controlar?

EL HIJO NO VIENE A REPARAR A NADIE

Hay una idea que considero especialmente importante desmontar. No creo que este bebé haya llegado para "salvar" a Nadia, tampoco creo que haya llegado para unir a sus padres, los hijos no nacen para solucionar los problemas de los adultos y mucho menos para cargar con ellos. Un hijo no debería ser mediador, ni mensajero, ni instrumento de venganza, ni prueba de amor, ni motivo para permanecer juntos, ni motivo para odiarse, simplemente debería poder ser hijo y desde la mirada sistémica, eso significa algo muy sencillo y a la vez muy profundo:

"Tú perteneces."

QUIZÁS ESTA HISTORIA TODAVÍA NO HA TERMINADO DE COMENZAR

La justicia tendrá que hacer su trabajo. Tendrá que determinar qué ocurrió, quién disparó, quién ordenó, cuáles fueron los motivos y qué responsabilidades existen, las acusaciones tendrán que ser probadas, las versiones tendrán que ser contrastadas. Sinembargo hay una historia paralela que apenas comienza.

La de un niño que, si el embarazo continúa, algún día preguntará por su origen, preguntará quiénes eran sus padres, qué ocurrió, por qué su madre recibió aquellos disparos, qué pasó entre ellos y  quizás esa pregunta obligará a los adultos a hacer algo que hoy parece tremendamente difícil:

Poner cada cosa en su lugar.

Quizá esa sea la reflexión más incómoda que este caso nos deja. Porque podemos intentar esconder una relación, podemos negar una historia, podemos excluir a una persona, podemos luchar por controlar un relato, sin embargo hay algo que no podemos decidir por otro:

El derecho de un hijo a pertenecer.

Y si algo nos enseñan las constelaciones familiares —cuando las miramos con responsabilidad y sin convertirlas en una explicación mágica de la violencia— es precisamente eso:

Los hijos no deberían pagar las deudas emocionales de sus padres.


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