SALVAR AL OTRO O ANULARLO: LA PARADOJA DE MARÍA GALINDO
Para comprender esta tensión, es bueno mirar el fenómeno desde un enfoque poco habitual en el debate público: el de las Constelaciones Familiares, desarrollado por Bert Hellinger. La fenomenólogia de esta herramienta que se enfoca en las emociones y Alma, no apela a la moral tradicional ni al juicio inmediato, sino a una lógica más profunda: la del orden, el destino y el equilibrio en los sistemas humanos.
El peligro de salvar al otro
Desde esta mirada, uno de los principios más incómodos es también uno de los más reveladores: ayudar no siempre ayuda.
Cuando una figura pública —como María Galindo— interviene con vehemencia en defensa de otra persona, el gesto puede parecer noble, incluso necesario. Sin embargo, desde las Constelaciones, el mensaje implícito es otro: “tú no puedes sola, necesitas que alguien más fuerte luche por ti, tú eres débil”.
El resultado es totalmente opuesto. En lugar de empoderar a la víctima, se la debilita. Se le quita de las manos la posibilidad de asumir su propia fuerza, de reclamar desde su lugar, de atravesar su propio proceso. La ayuda, entonces, se transforma en perjuicio.
Hellinger lo resumía con crudeza: el verdadero amor no consiste en evitarle el dolor al otro, sino en respetar su destino.
La arrogancia disfrazada de justicia
Hay otro elemento que suele pasar desapercibido: la posición desde la que se ayuda.
Cuando la intervención se da desde la exaltación, el grito o la confrontación agresiva, no solo se desafía a una autoridad; se establece una jerarquía moral. El ayudador se ubica por encima del otro, no solo del funcionario cuestionado, sino también de la propia persona a la que dice defender.
Desde la mirada de las Constelaciones, esto rompe un principio básico: la igualdad esencial entre las personas. Y cuando ese equilibrio se quiebra, lo que emerge no es justicia, sino resentimiento.
La ayuda deja de ser un acto de servicio y se convierte en una sobre alimentación del ego. No se trata ya del otro, sino de la propia necesidad de ser quien “hace lo correcto”, de ser mirado.
Cuando se combate la violencia con más violencia
En la búsqueda de justicia existe una trampa silenciosa: convertirse en aquello que se combate.
El uso del insulto, la presión o la humillación pública puede parecer una herramienta legítima frente a la negligencia. Pero esto perpetúa el mismo ciclo de víctima y perpetrador.
El funcionario —por más ineficiente o indiferente que sea— también forma parte de un sistema (familia / ancestros). Tiene una historia, un lugar, un contexto. Cuando se le despoja de su dignidad, el sistema no se transforma: se defiende.
Y la defensa, casi siempre, se traduce en más cierre, más rigidez, más distancia, más bloqueo.
El verdadera cambio no nace del ataque, sino de una confrontación distinta: firme, clara, pero respetuosa. Una que no humilla, sino que obliga a asumir responsabilidad.
El costo invisible de cargar batallas ajenas
Hay, un efecto menos evidente pero igual de profundo: el desgaste de quien interviene.
Quien toma luchas que no le corresponden termina, muchas veces, enredado en destinos ajenos. La energía invertida en confrontar, denunciar o exponerse no es infinita. Y cada batalla asumida implica, inevitablemente, una renuncia: tiempo, enfoque, vida propia.
Desde esta mirada, la ayuda auténtica es sobria. No invade, no reemplaza, no se impone, no se cree superior. Acompaña lo necesario y luego se retira.
Todo lo demás —la espectacularidad, el dramatismo, la confrontación pública— puede generar impacto, pero rara vez genera transformación duradera y real.
Entre la visibilización y la distorsión
Sería injusto negar el efecto social de estas intervenciones. Muchas veces logran lo que el sistema no consigue por sí mismo: visibilizar la injusticia, sacudir la indiferencia, poner el foco donde nadie quiere mirar.
Pero visibilizar no es lo mismo que resolver.
Para las Constelaciones, el problema no está en la intención, sino en el método. Cuando no se respeta el lugar de cada quien —la víctima, el funcionario, el propio ayudador— se genera un “ruido” que dificulta cualquier reconciliación posible y hasta la solución demandada se interrumpe del todo.
La fuerza que no necesita gritar
En un mundo donde el volumen suele confundirse con la verdad, quizá el acto más radical sea otro: sostener la mirada sin humillar, decir lo necesario sin destruir, exigir responsabilidad sin perder el respeto.
Porque, al final, toda transformación real necesita algo más que denuncia: necesita orden.
Y sin orden —diría Hellinger— no hay amor posible. Ni justicia que realmente repare.
Conclusión: entre la catarsis pública y la transformación real
En el fondo, el problema no radica únicamente en la forma, sino en el efecto real de estas intervenciones. Lo que se presenta como un acto de justicia puede terminar siendo, más bien, una escena de catarsis personal - pública.
Las acciones de María Galindo, aunque potentes en lo simbólico, parecen moverse en una delgada línea entre la denuncia legítima y la necesidad de protagonismo. No se trata de cuestionar la intención, sino de observar el resultado: ¿hay una transformación estructural o solo una descarga emocional momentánea?
Porque cuando la intervención gira en torno al impacto, al enfrentamiento y a la exposición, corre el riesgo de alimentar dos fuerzas silenciosas pero poderosas: el ego de quien interviene y el morbo de una sociedad ávida de espectáculo.
El ego, porque la figura del “salvador” necesita ser vista, reconocida, validada en su rol de quien enfrenta al poder, aunque Galindo racionalmente asegure que no es así su alma muestra otra versión. Y promueve el morbo social, porque estas escenas funcionan como una suerte de entretenimiento moral, donde el público consume indignación sin necesariamente comprometerse con soluciones de fondo.
Así, el sistema no cambia: se tensiona, se sacude por un momento, pero luego se reacomoda en la misma lógica. La víctima sigue siendo víctima, el funcionario sigue en su lugar, y la estructura permanece intacta.
Desde esta perspectiva, la verdadera transformación exige algo menos vistoso, pero mucho más incómodo: renunciar al protagonismo, confiar en la fuerza y el destino del otro y sostener procesos que no siempre generan aplausos.
Porque, en última instancia, la justicia que realmente repara no es la que más ruido hace, sino la que logra que cada quien ocupe su lugar sin necesidad de humillar al otro en el intento.

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