LA INDEPENDENCIA QUE TODAVÍA NOS DEBEMOS, CUANDO UN PAÍS TAMBIÉN NECESITA CONSTELAR
Pero cuando terminan los actos protocolares y la música deja de sonar, queda una pregunta mucho más incómoda que cualquier discurso oficial:
¿Qué significa realmente ser independientes?
Porque la independencia no solo se conquista frente a un imperio. También se conquista frente a nuestros propios miedos, nuestras costumbres y aquellas formas de relacionarnos que, sin darnos cuenta, terminan limitando el desarrollo de todo un país.
Bolivia es una nación de contrastes. Es imposible negar los avances de las últimas décadas. Millones de personas salieron de la pobreza, la inclusión de sectores históricamente invisibilizados cambió la composición del Estado, la infraestructura conectó regiones que durante generaciones permanecieron aisladas y el país comenzó a pensar en recursos estratégicos como el litio o los biocombustibles.
Sin embargo, también sería ingenuo ignorar que hoy enfrentamos un agotamiento del modelo económico, una creciente incertidumbre y una sensación colectiva de que muchas promesas quedaron a medio camino.
Las dos realidades existen al mismo tiempo.
Y quizás ese sea nuestro primer desafío como sociedad: dejar de pensar que amar al país significa negar sus problemas, o que criticarlo implica dejar de quererlo.
Porque un país, igual que una familia, madura cuando puede mirar sus luces sin olvidar sus sombras.
El verdadero problema no es solo económico
Solemos creer que Bolivia necesita más inversión, más empleo, más dólares o más industrialización.
Todo eso es cierto.
Pero debajo de esos problemas existe otro mucho más profundo y menos visible: la desconfianza, desconfiamos del vecino, del Estado, de las instituciones, del empresario, del político, del periodista e incluso desconfiamos entre nosotros.
Es una desconfianza que atraviesa generaciones y que termina moldeando casi todas nuestras decisiones.
Por eso preferimos trabajar solos antes que asociarnos, por eso resulta tan difícil construir proyectos colectivos duraderos y por eso muchas veces defendemos a nuestro sindicato, nuestro gremio, nuestro barrio o nuestro departamento incluso cuando eso perjudica al conjunto del país.
Como si el bien común siempre fuera responsabilidad de alguien más.
El país de los pequeños feudos
Hay algo curioso en nuestra cultura, somos extraordinariamente solidarios cuando la tragedia golpea.
Si una familia pierde su casa, aparecen vecinos con comida. Si alguien enferma, organizamos rifas. Si ocurre un desastre natural, miles de personas ayudan sin preguntar. Sin embargo cuando la crisis desaparece, volvemos rápidamente a encerrarnos en nuestras pequeñas parcelas como mi gremio, mi región, mi partido, mi grupo y claro mi beneficio.
La paradoja es evidente: sabemos cooperar, pero muchas veces solo cuando el dolor nos obliga, fuera de esos momentos excepcionales volvemos a levantar fronteras invisibles.
La informalidad también cuenta una historia
Con frecuencia se culpa al emprendedor informal por no pagar impuestos o por mantenerse fuera del sistema.
Sin embargo, la realidad es bastante más compleja, muchos permanecen en la informalidad porque sienten que formalizarse significa asumir más costos que beneficios.
Otros desconfían de las instituciones, otros simplemente aprendieron que sobrevivir exige moverse por fuera de las reglas. El resultado es una economía extraordinariamente resiliente para resistir las crisis, pero muy frágil para crecer.
Tenemos talento, tenemos creatividad y claro tenemos capacidad de trabajo. Lo que muchas veces nos falta es un ecosistema que premie la confianza más que la desconfianza.
¿Y si el problema fuera más antiguo?
Existe otra forma de mirar estas dinámicas. Las Constelaciones Familiares proponen que los sistemas —ya sean familias, organizaciones o incluso países— conservan memorias que siguen influyendo mucho tiempo después de ocurridos los hechos.
No se trata de reemplazar la historia por una explicación, sino de utilizar una metáfora poderosa para comprender ciertos comportamientos colectivos. Desde esa mirada, Bolivia se parece bastante a una familia que todavía intenta reconciliarse con su pasado.
Un país donde durante siglos hubo exclusiones profundas, donde algunos fueron invisibles y otros ocuparon todos los espacios, donde muchas heridas nunca terminaron de nombrarse. Cuando algo importante queda fuera de la historia, tarde o temprano encuentra otra forma de regresar.
Quizás por eso nuestras polarizaciones parecen repetirse generación tras generación. No porque hayamos aprendido poco, sino porque todavía tenemos asuntos pendientes con nuestra propia memoria.
¿Cómo se sana un país?
Tal vez no empiece en el Palacio de Gobierno, ni en una nueva Constitución, ni siquiera en las próximas elecciones, quizás comience en gestos mucho más pequeños como cuando respetamos una fila, cuando dejamos de botar basura en la calle, cuando cumplimos la palabra dada, cuando rechazamos una pequeña coima, cuando dejamos de celebrar la "viveza" como si fuera inteligencia, cuando entendemos que cuidar lo público también es una forma de patriotismo. Porque la institucionalidad no nace únicamente de las leyes nace de millones de decisiones cotidianas.
El desafío del 6 de agosto
Cada año recordamos a los héroes de la independencia. Y eso está bien, pero también vale la pena preguntarnos desde qué lugar los recordamos.
Si solo repetimos el dolor, el resentimiento o la búsqueda eterna de culpables, corremos el riesgo de quedar atrapados en las batallas del pasado.
En cambio, si honramos su entrega entendiendo que ellos hicieron lo que les correspondía y ahora nos toca hacer nuestra parte, el homenaje adquiere otro sentido. No se trata de olvidar la historia, se trata de dejar que la historia nos impulse hacia adelante no de convertirla en una cadena.
Tal vez el verdadero acto patriótico
Quizás el patriotismo del siglo XXI ya no consista únicamente en cantar el himno con la mano en el pecho, tal vez consista en algo mucho más difícil. Escuchar a quien piensa distinto sin convertirlo en enemigo, reconocer que ningún sector posee toda la verdad, aceptar que Bolivia pertenece por igual al campesino, al empresario, al estudiante, al comerciante, al indígena, al migrante, al profesional y al obrero.
Entender que el país no es un territorio que heredamos de nuestros antepasados, es un préstamo que recibimos para entregarlo un poco mejor a quienes vendrán después.
Este 6 de agosto quizá no necesitemos preguntarnos cuánto amamos a Bolivia. La verdadera pregunta es otra:
¿Qué Bolivia estamos ayudando a construir cada día con nuestras decisiones más pequeñas?
Porque los países no cambian únicamente cuando cambian los gobiernos, cambian cuando cambia la manera en que sus ciudadanos deciden convivir y esa revolución, silenciosa pero profunda, todavía está esperando comenzar.

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