ESPEJISMOS DE PALACIO: CUANDO EL PROTOCOLO SE COMIÓ A LAS REFORMAS

Nueve meses de Rodrigo Paz y la pregunta que empieza a incomodar: ¿cuánto cambió realmente Bolivia?

Hay gobiernos que asumen prometiendo cambiarlo todo y otros que, una vez instalados, descubren una herramienta fascinante: el retrovisor, que sirve para mirar atrás, señalar al que rompió la tubería, contar cuánto se gastó y, de paso, justificar por qué la sala sigue inundada.

Rodrigo Paz llegó a la Presidencia con una narrativa clara: heredaba un país devastado por años de irresponsabilidad. Seamos justos: el diagnóstico no era un invento. Déficit fiscal, dólares evaporados, reservas agonizantes, grifo de combustibles atascado y un cementerio de empresas públicas deficitarias.

El problema es que el calendario tiene la mala costumbre de no congelarse mientras el Ejecutivo redacta la lista de culpas ajenas. Van nueve meses de gestión y la duda cae por su propio peso: más allá del anuncio, el video institucional y la conferencia de prensa, ¿cuánto cambió realmente?

Conviene soltar el libreto oficial y medir los hechos en cuatro categorías simples: lo que cambió, lo que se estancó, el puro discurso y la responsabilidad del que hoy firma los decretos. La herencia existe, claro; pero el gobierno que la asumió, también.

PRIMERA PARADA: AQUÍ SÍ SE MOVIÓ EL PISO

Empecemos por lo tangible. El desmonte del subsidio a los combustibles no fue un mero retoque, fue una estocada a una política que desangraba las arcas públicas. Las decisiones reales tienen consecuencias reales y el combustible dejó de ser una abstracción subsidiada para convertirse en una factura muy concreta para transportistas, productores y consumidores. Se pueda debatir su costo político o social, pero no calificarla de humo. Ahí sí hubo gobierno.

Paz busca romper con el estatismo precedente para seducir al capital privado. Impulsa una Ley de Inversiones, intenta abrir minería y energía al capital extranjero, y dio un giro en U respecto a la política exterior previa al estrechar lazos con Estados Unidos y sentarse a negociar con el FMI. La brújula cambió de rumbo. Cuestión aparte es saber si el barco tiene motor para llegar a puerto.

SEGUNDA PARADA: EL GRAN ANDÉN DEL “ESTAMOS TRABAJANDO EN ELLO”

Aquí la gestión se pone cómoda. Entre la promesa y el resultado existe un limbo comodísimo llamado “en proceso”. No es éxito, pero tampoco fracaso; es la sala de espera de la política.

—¿Ya hay solución? En proceso.

—¿Se aprobó la ley? En proceso.

—¿Llegaron los dólares? Estamos evaluándolo.

Mientras la burocracia procesa, el tiempo avanza. Nadie exige refundar la economía en tres trimestres; las inversiones piden certeza y las leyes, consensos. Lo peligroso surge cuando “en proceso” pasa de ser una etapa transitoria a convertirse en la definición misma de la gestión. La Ley de Inversiones, el litio, el gas, la burocracia y la promesa del 50/50 regional tienen diagnósticos impecables. Pero un país no se administra con verbos en futuro, sino en pasado participio.

TERCERA PARADA: LOS ELEFANTES BLANCOS QUE SIGUEN TENIENDO OFICINA

El diagnóstico sobre las empresas públicas fue brutal: en febrero, el propio Ejecutivo reportó que 64 de 67 registraban pérdidas y 14 estaban en quiebra técnica. El compromiso fue drástico: evaluar, fusionar, reestructurar o cerrar.

26 semanas después, la pregunta resulta inevitable: ¿cuál cerró?

Mes tras mes, el discurso se enreda en auditorías y comités de análisis. El elefante blanco sigue instalado en la habitación, con la única diferencia de que ahora le pusieron una carpeta de evaluación sobre el lomo. Si el propio Estado declara inviable a una empresa, prolongar su agonía con dinero público deja de ser prudencia para volverse complicidad.

CUARTA PARADA: UN MODELO QUE CAMBIA DE NOMBRE, PERO NO DE MALETA

Paz repite que el modelo anterior está agotado. Sin embargo, cambiar una matriz económica exige algo más que jubilar un eslogan. Es una mudanza donde el Gobierno sacó un par de sillas viejas, pero mantiene las cajas apiladas en el pasillo y el resto de las habitaciones vacías.

QUINTA PARADA: EL 50/50 Y EL CENTRALISMO QUE NO SE MUEVE DE SU SILLÓN

El eslogan del 50/50 prometió oxigenar a los departamentos descentralizando los recursos. Sin embargo, la descentralización sigue siendo un folleto de intenciones. Las regiones esperan en ventanilla mientras el centralismo atiende en primera fila, con pase VIP y viáticos al día.

SEXTA PARADA: ¿GESTIÓN COMUNICADA O COMUNICACIÓN QUE SIMULA GESTIÓN?

Hay un fenómeno que no se mide en indicadores macroeconómicos, sino en encuadre y kilometraje de fibra óptica. La maquinaria oficial fue reorganizada bajo una Unidad de Comunicación Estratégica destinada a controlar narrativa, vocerías y pautas. La estética resultante es inconfundible: despliegue de luces, videos cinematográficos, redes saturadas de dinamismo y encuadres impecables.

Cabe preguntarse si presenciamos un gobierno que comunica su trabajo o una agencia de publicidad que intenta hacer pasar la escenografía por gestión.

SÉPTIMA PARADA: CUANDO EL PROTOCOLO SE CONVIERTE EN PASARELA

En este despliegue audiovisual destaca un detalle curioso: el protagonismo que han cobrado los séquitos oficiales. En actos de ministerios y en la Asamblea Legislativa, personal de protocolo, asesores y coordinadores acaparan un espacio escénico que, a menudo, eclipsa a la propia autoridad.

Dejemos de lado las críticas de cartón: el problema no es la juventud, el género ni la apariencia. Un funcionario puede ser fotogénico y competente, o no destacar en cámara y ser un genio de la administración. La apariencia no tiene género ni mérito técnico.

El problema real surge cuando la estética desplaza al conocimiento. Cuando el acompañamiento visual importa más que la capacidad operativa, y la cercanía al poder se mide por el encuadre en la fotografía oficial. Si el poder premia el resultado, excelente. Si premia la pose y el vestuario, no hay gestión: hay reparto de reparto.

Entonces la pregunta deja de ser estética, pasa a ser institucional: ¿Qué está premiando el poder?

Porque si lo que se premia es el resultado, estupendo.

Pero si se empieza a premiar la exposición, la pose, la cercanía a la autoridad o la capacidad de convertirse en parte de la fotografía oficial, entonces tenemos un problema. Y más aún si desde el propio Gobierno eso parece ser tolerado, celebrado o utilizado como recurso comunicacional.

Porque entonces aparece una sospecha bastante incómoda:

¿Estamos construyendo instituciones o decorados institucionales?

OCTAVA PARADA: EL GOBIERNO QUE CABE EN UNA FOTO DE INSTAGRAM

Existe una amarga ironía en ver un país con escasez de divisas, distorsiones en el mercado y reformas empantanadas, pero capaz de producir una fotografía institucional impecable.

Bolivia no necesita encuadres armónicos; necesita instituciones funcionales. Las empresas deficitarias no frenan sus pérdidas porque el ministro use un terno impecable, ni el litio atraerá capitales porque la coordinadora desfile con el vestido negro largo entallado por los pasillos de la Asamblea, Una ley no se implementa porque el video institucional tenga música épica.

Los problemas reales no pueden ser resueltos con un filtro de Instagram.

NOVENA PARADA: BOLIVIA TV Y EL DÍA EN QUE EL RIGOR SE FUE A TOMAR CAFÉ

Un canal estatal —financiado por todos— debería ser la vitrina del rigor informativo, no el espejo complaciente del gobernante. Sin embargo, los tropiezos con los datos, las imprecisiones históricas y las fallas en emisiones en directo terminaron volviéndose paisaje cotidiano en Bolivia TV.

Un error es un tropezón; la imprecisión sistemática es falta de método. Que el canal oficial tropiece continuamente con la verdad o la precisión contradice el relato de modernidad y eficiencia que el Gobierno pretende vender. Mucho estudio, mucha luz, poco rigor.

Equivocarse puede ocurrir, un periodista es humano eso es normal. Lo que no debería ser normal es que la corrección y el aprendizaje institucional parezcan no llegar nunca.

DÉCIMA PARADA: ¿GOBERNAR O PRODUCIR EL SHOW DEL GOBIERNO?

Sorprende la confusión entre empaque y contenido. Está bien tener comunicadores audaces y videos con música de orquesta, pero la estética es solo el envoltorio. Cuando el envoltorio es más voluminoso que el producto, el público descubre rápido el truco: detrás del telón no había una transformación estructural, sino un decorado de cartón piedra.

Una gestión puede tener una comunicación moderna, puede tener excelentes fotógrafos, puede producir videos espectaculares, puede tener funcionarios jóvenes, puede tener una estética impecable, puede contratar equipos especializados en redes. Todo eso está perfecto, pero existe una regla sencilla:

La estética debe ser el envoltorio, nunca el producto.

UNDÉCIMA PARADA: EL EQUIPO DE VERDAD NO SALE EN LA FOTO

Un Presidente no transforma un país a solas. Requiere ministros, legisladores y técnicos capaces de traducir la retórica en decretos viables y políticas sostenibles.

El verdadero equipo de gobierno no es el que posa sonriente detrás del micrófono; es el que redacta la norma sin vacíos legales, el que cuadra las cuentas y el que da respuestas cuando los indicadores fallan. Un equipo eficiente hace que la foto sea lo de menos porque lo técnico es más importante. 

DUODÉCIMA PARADA: DEL RETROVISOR AL PARABRISAS

A Rodrigo Paz le queda camino por delante; nueve meses no son un mandato completo. Sería descabellado exigir milagros económicos en tres trimestres, pero es tiempo más que suficiente para distinguir entre una reforma real y una promesa reciclada. El discurso solo necesita un micrófono; el país necesita indicadores.

¿Qué mostrará la gestión cuando el recurso de la "herencia recibida" deje de ser titular de prensa?

La mejor imagen de un gobierno carece de glamour: es una empresa estatal que dejó de perder dinero, una inversión ejecutada, un trámite simplificado o un indicador crítico que finalmente cede. Eso no genera miles de likes en TikTok, pero construye algo infinitamente más escaso: credibilidad.

La política puede tolerar el maquillaje, las luces y la pose mientras las cámaras estén encendidas. Pero cuando los focos se apagan y la gente vuelve a la realidad de su bolsillo, solo queda una pregunta. La única que de verdad importa: ¿estamos mejor?


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