LA ANESTESIA DEL HUMO: BOLIVIA Y LA COSTUMBRE DE ARDER CUANDO EL BOSQUE ARDE, LA CEGUERA ES NUESTRA
Cada año, el mismo cielo plomizo. El mismo humo picante en la garganta. Las mismas postales del horror: animales carbonizados, brigadistas exhaustos, comunidades desplazadas y millones de hectáreas reducidas a ceniza. Y, sin embargo, cada año ocurre un fenómeno mucho más silencioso y peligroso: la anestesia colectiva.
En Bolivia hemos normalizado el fuego como si fuera una estación más del calendario. Esperamos la época seca con una resignación patológica. Aguardamos las conferencias de prensa de turno, los sobrevuelos oficiales, las declaratorias de emergencia y la caridad de último minuto, cuando las llamas ya han consumido lo irrecuperable. Nos hemos vuelto expertos en administrar la tragedia, pero incapaces de evitarla.
Desde una mirada sistémica —como la que proponen las Constelaciones Familiares—, este desastre no es solo un problema ambiental: es la evidencia de una ruptura profunda con aquello que nos dio origen. La naturaleza no es un "recurso" ni un escenario pasivo; es el sistema mayor al que pertenecemos. Sin embargo, actuamos con la arrogancia de quien se cree ajeno a la casa que habita. Un principio fundamental de las constelaciones advierte que cuando un sistema excluye una de sus partes, el desequilibrio tarde o temprano exige ser visto. El fuego no es más que ese síntoma gritando lo que nos negamos a mirar.
Durante décadas hemos excluido al bosque de nuestras decisiones políticas y económicas, reduciéndolo a cifras de producción, expansión agropecuaria o desmonte "desarrollista". Cuando un ser vivo se convierte en simple superficie explotable, la violencia es inevitable y regresa hacia nosotros en forma de sequía, humo y colapso climático.
El fuego no es solo una tragedia ecológica; es un síntoma. Y los síntomas no se curan atacándolos únicamente cuando la fiebre ya está en 40 grados.
Esta reflexión no nace de la comodidad de un escritorio. Nace de la memoria y de la piel. Durante años ejercí el periodismo en el terreno, cubriendo incendios forestales desde el epicentro del desastre. Estuve allí donde el horizonte desaparece tras paredes de humo y el calor quema el rostro. Pero llega un punto en que la libreta, el micrófono y la cámara resultan insuficientes. Era imposible ser una fría observadora mientras el territorio pedía auxilio a gritos.
Como miles de voluntarios, pasé de la cobertura Periodística a la primera línea del fuego. Sin ser expertos combatientes, personas comunes intentamos frenar murallas de llamas de varios metros de altura con herramientas precarias, empujados únicamente por la impotencia. Recordaré siempre esa sensación de insignificancia, los minutos robados para llorar a escondidas tras comprender que no podíamos salvarlo todo, y el silencio sepulcral que deja el fuego al pasar: un silencio pesado, seco, donde antes bullía la vida.
Allí entendí la gran paradoja: mientras nos ahogábamos intentando apagar chispas con lo poco que teníamos, la verdadera batalla ya se había perdido mucho antes, en las oficinas donde se firman leyes, se flexibilizan controles y se ignora la prevención.
El Estado despliega un enorme aparato mediático y de contención cuando el desastre ya es noticia nacional. Pero la eficacia de un gobierno no se mide por cuántos aviones cisterna alquila en la emergencia, sino por su capacidad para evitar que la chispa se encienda. La prevención sostenida, el castigo efectivo a los desmontes ilegales, el fortalecimiento institucional y la educación ambiental siguen siendo asignaturas pendientes arrojadas al olvido cada vez que cae la primera lluvia.
Por su parte, como sociedad también alimentamos este patrón perverso. Compartimos fotos indignadas en redes sociales, cambiamos la foto de perfil un par de días y, en cuanto el viento se lleva el humo de las ciudades, volvemos a la normalidad. Nos consolamos pensando que el incendio ocurre "lejos", como si el aire que respiramos y el agua que bebemos no nacieran en ese mismo monte ajusticiado.
Tal vez la tragedia más profunda no sea solo que el país arda cada año, sino que ya no nos desvele. Que hayamos aprendido a convivir con la destrucción.
Proteger la naturaleza no es un acto de caridad, ni una pose ambientalista, ni un cliché para discursos de ocasión. Es un acto elemental de supervivencia. El día que comprendamos que la hoguera no solo destruye el árbol, sino nuestra propia continuidad, dejaremos de preguntarnos cómo apagar el próximo incendio y empezaremos, por fin, a exigir que no vuelva a comenzar. La naturaleza puede prescindir de nosotros mañana mismo; nosotros, sin ella, no duramos un segundo.

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