LA COCIENCIA TIENE LA EXTRAÑA COSTUMBRE DE LLEGAR DISFRAZADA DE UN ENCUENTRO DESCONOCIDO
A veces, el impacto menos esperado llega desde la dirección más inesperada.
Tú, que apenas me conoces, tocaste fibras profundamente enterradas. Con un par de comentarios me hiciste consciente de verdades personales que, muchas veces, prefiero archivar antes que mirar de frente.
Ahora mismo estoy lidiando con las secuelas de esas palabras. Tengo la cabeza a mil, el cuerpo pasándome la factura de no saber si vomitar todo esto que llevo emocionalmente por dentro o seguir tragándolo, con ese sabor tan peculiar que deja el reconocer una verdad y, por fin, darse el permiso de escupirla. Me invade un cansancio de esos que desconectan, que dispersan, que obligan a quedarse inmóvil mientras la mente intenta procesar las mil ideas que aparecen al mismo tiempo.
Es extraño cómo un extraño —tú—, después de tan poco tiempo, llega y, sin tocar la puerta, se escurre por las ventanas, las rendijas y las grietas de mi mundo para mover cajas que supuestamente estaban ordenadas, cerradas y archivadas, esperando el día en que yo decidiera verlas e integrar la conciencia de lo que realmente contienen.
Te filtraste, de una forma muy extraña, en uno de mis cuartos oscuros. Uno que ni siquiera yo quiero abrir e iluminar. Y aun así, sin saber realmente qué guardo allí, siendo apenas un desconocido que camina por mis habitaciones cerradas, lograste mover el suelo que hace mucho piso, pero sobre el que hace tiempo dejé de caminar.
Lo que llevo dentro resulta ser mucho más visible de lo que esperaba, para alguien que parece estar igual o más quebrado y agrietado que yo.
Este cuerpo revuelto y esta mente abrumadora son incómodos de habitar. Muchas veces quisiera evitarlos. Sin embargo, también comprendo que, en el fondo, este desorden es necesario. Es infinitamente mejor ver las cajas abiertas y dispersas de ese cuarto cerrado que seguir sosteniendo una llave en la mano, fingiendo que la habitación no existe.
La puerta sigue cerrada. La llave continúa entre mis dedos, sin haber sido insertada siquiera en la cerradura. Y precisamente esa ha sido siempre la parte más difícil: decidir abrirla.
Sin darme cuenta, con una sutileza que todavía intento comprender, lograste hacerme entrar en esa habitación sin necesidad de que yo abriera la puerta por mi cuenta. Hiciste el trabajo más difícil antes de que pudiera advertirlo.
Hay algo en este cruce del destino llamado vida que me impulsa a querer conservar la compañía de este desconocido que me obliga a entrar en mis cuartos cerrados, oscuros y falsamente ordenados.
En algún lugar de mi comprensión, o quizá de mi resiliencia, no sé exactamente qué es, pero me lleva a verte como un maestro para el que, de alguna manera, estoy lista. Lista para aprender, para procesar y para recibir aquello que tenga que mostrarme.
No me preocupa demasiado exponerme tal como soy, despojando, frente a esas lecciones, las capas y las puertas de mis habitaciones cerradas. Lo único que me inquieta es esa absurda idealización de esperar que todo aquello que el desconocido alcance a ver de mi denso mundo interno termine marcando también su propio camino y dejando una huella que lo lleve a cuidarse más a sí mismo de mi.
Que quede claro —para mi mente, para el desconocido y para mí inconsciente—: no confundamos este estado de profunda autorreflexión con vulnerabilidad o fragilidad. Eso nos incomoda.
Quiero sostener este hilo tan fino entre el desconocido y mi vida desde la transformación y el autoconocimiento, sin la susceptibilidad de ser vista como alguien frágil ni la necesidad de ser rescatada o paternalizada por quien hoy percibo como un maestro inesperado y desconocido.
¿Sabes, desconocido?
Este territorio que estoy habitando es hostil para mí.
Sentir que el suelo se mueve bajo mis pies no es algo nuevo, y quizá por eso el miedo cala tan profundo. Con la cabeza convertida en un torbellino y el cuerpo manifestando el peso de lo descubierto, me encuentro nuevamente frente al espejo de mi propio mundo interno: oscuro, espeso y denso.
Conozco de memoria los pasillos de la depresión y el laberinto asfixiante de la ansiedad. Sé cómo se siente perder el norte. Y la sola idea de regresar a ese lugar me incomoda profundamente, porque creía que eran caminos ya recorridos, comprendidos y cerrados.
Sé que mirar mis sombras forma parte del tránsito necesario para sanar. Y si el destino o eso más grande que ha ciencia cierta no sé bien que es decide que debo volver a atravesar ese bosque, mi mente insiste en contarme la historia de que volveré a quedarme atrapada allí para siempre lo haré.
Pero ahora existe un matiz que lo cambia bastante.
Si realmente tengo que recorrer otra vez ese camino, hay algo que jamás imaginé desear: me gustaría contar contigo, desconocido.
No busco un salvador. No pretendo que cargues con mis pesos, con mis laberintos ni con las habitaciones que aún permanecen cerradas. Tampoco espero que recorras mis pasos. Ese proceso me pertenece únicamente a mí.
Lo que, al parecer, anhelo es algo mucho más sutil y, al mismo tiempo, mucho más poderoso: tu sola presencia. Esa compañía silenciosa que, sin intentar arreglar nada, sostiene.
Saber que existe un testigo respetuoso al otro lado del hilo. Alguien cuya energía detonó esta verdad y que, con su simple cercanía, hace que el viaje se sienta un poco menos solitario.
Las reflexiones alcanzadas:
-Algunas personas llegan para desordenar el lugar exacto donde comienza la reconstrucción.
-Hay encuentros que llegan para romper el orden de las mentiras que nos contamos.
-Algunas verdades llegan cuando alguien mueve las cajas equivocadas.
-La conciencia desordena aquello que el alma ya no puede continuar archivando.
Gracias, desconocido.

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